Escuchar: el acto más revolucionario de ternura

Por: Susana Barrera/Periodista y Maestra en Desarrollo LocalVivimos en la época del descarte.

(ENNews)- Una teoría convertida en práctica cotidiana, incrustada en nuestras sociedades líquidas ( Zygmunt Bauman, sociólogo) . Los objetos nacen con fecha de vencimiento. Los vínculos se vuelven frágiles. Los seres humanos valen mientras producen, mientras sirven, mientras encajan.

El mercado laboral nos mira como piezas reemplazables; la prisa nos vuelve desechables. En medio de esta pudrición silenciosa, encontrar a un ser humano que sepa escuchar es una joya rara.Escuchar no es un gesto menor.

Es una expresión de ternura infinita. Un acto de resistencia. Escuchar salva. Escuchar arrulla. Escuchar sostiene. Escuchar fue una de las propuestas más constantes del obispo Martín Barahona (QDDG). Él regalaba lo que más escasea: tiempo, atención, presencia.

Podría parecer obvio, dada su investidura episcopal. Pero el arte de escuchar no debería ser privilegio de algunos; debería ser un mandato universal.Para Martín, escuchar no era una técnica ni una cortesía social: era un acto espiritual. Un silencio habitado, capaz de calmar, de sosegar, de devolver humanidad y autoamor a quien llegaba herido.

Aprender a escuchar implica un despojo profundo: escuchar sin interrogar, sin corregir, sin juzgar. Escuchar sin mirar el teléfono, sin medir el tiempo, sin preparar la respuesta mientras la otra persona habla. Escuchar a quien abre su corazón para que su herida respire.Solo después —nunca antes— llegan el consuelo, la palabra justa, la oración, la compañía. Antes, no. Porque la herida necesita aire, no consejos.

Toda persona debería tener en su vida un guía espiritual. No como título, no como jerarquía, no como saber superior. Sino como regalo. Quien lo tiene es una persona privilegiada: está desafiando la lógica líquida y apostando por una humanidad sólida, robusta, enraizada.La guía espiritual no se impone. Se elige. La escoge quien reconoce que no puede —ni quiere— vivir o cargar solo.

No es un cargo ni una investidura: es una provocación amorosa. Porque, al final, la verdadera lección no es guiar, sino aprender a escuchar.Pero ¿qué ocurre con quienes viven del otro lado del ruido? Con quienes llevan un fuego que les quema el alma y necesitan ser enfriados para salvar su existencia. Nadie debería atravesar la noche sin saber que existe alguien capaz de alumbrarle con su silencio.

Quizá por eso, saber escuchar sea hoy el acto más revolucionario de ternura. Una forma concreta y humilde de resistir la deshumanización. Una manera silenciosa pero poderosa de construir sociedades más solidarias y empáticas.

La pregunta es inevitable: ¿tienes a alguien que te escuche?, ¿Puedes darle un nombre y un apellido? No es un examen de conciencia. Si puedes nombrarlo, es alguien que sostiene tu vida en silencio. Si no puedes hacerlo, no es solo una carencia personal: es una herida social.

Talvez el llamado más urgente de nuestro tiempo sea este: aprender a escuchar y a soltar, como un acto de ternura triunfal frente a una sociedad líquida que corre, descarta y olvida.

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