Horas de sueño recomendadas según cada etapa de la vida

Redacción: Oscar Cruz

(ENNews)–Dormir no es un capricho, es una función biológica que repercute en la memoria, la salud cardiovascular, el equilibrio hormonal y el sistema inmunológico, por eso los organismos de referencia actualizan de forma periódica las pautas de descanso.

Estos, señalan rangos de tiempo adaptados a la edad, con el fin de que cada persona sepa cuántas horas de sueño necesita para reducir riesgos de obesidad, depresión, accidentes y enfermedades crónicas

En el primer tramo de la vida, el cuerpo crece a un ritmo vertiginoso y el cerebro organiza millones de conexiones por segundo, de ahí que los recién nacidos de 0 a 3 meses requieran entre catorce y diecisiete horas diarias, mientras los lactantes de 4 a 11 meses bajan a un rango de doce a quince horas, cantidades que incluyen las siestas y que resultan decisivas para la maduración del sistema nervioso y la consolidación de la memoria

Cuando un niño se convierte en toddler y empieza a explorar el entorno caminando, las necesidades se reducen levemente pero siguen siendo altas, la Academia Estadounidense de Medicina del Sueño aconseja que quienes tengan entre uno y dos años duerman once a catorce horas, mientras el periodo preescolar de tres a cinco años exige entre diez y trece horas, porque la hormona de crecimiento alcanza picos máximos durante el sueño profundo, momento en que se reparan tejidos y se fortalecen huesos y músculos

La edad escolar, comprendida de seis a doce años, trae jornadas académicas extensas, práctica deportiva y un mayor consumo de pantallas, por eso el rango óptimo se sitúa entre nueve y doce horas.

Dormir menos provoca somnolencia matutina, déficit de atención y deterioro del rendimiento escolar, además aumenta la propensión a la obesidad infantil, ya que la falta de descanso altera las hormonas que regulan el apetito

La adolescencia introduce cambios hormonales que desplazan el reloj biológico hacia horas más tardías, aun así los especialistas insisten en asegurar entre ocho y diez horas para jóvenes de trece a diecisiete años.

La privación crónica multiplica la incidencia de depresión, conductas de riesgo y accidentes viales, de hecho varios estudios relacionan el inicio de las clases demasiado temprano con déficit de sueño generalizado en la población estudiantil

Al alcanzar la adultez joven, entre dieciocho y veinticinco años, el rango recomendado se comprime a siete o nueve horas, el mismo intervalo aplica para el tramo de veintiséis a sesenta y cuatro.

Aún así, conviene escuchar las señales del cuerpo, porque factores como actividad física intensa, exigencias cognitivas o convalecencia de una enfermedad pueden incrementar la necesidad individual de reposo, dormir por debajo de siete horas de manera sostenida duplica el riesgo de hipertensión y diabetes tipo 2

A partir de los sesenta y cinco años el organismo sufre cambios en la arquitectura del sueño que favorecen despertares nocturnos, pese a ello las guías indican un mínimo de siete y un máximo de ocho horas, reforzar la exposición a la luz natural por la mañana y reducir las siestas largas ayuda a consolidar bloques nocturnos de descanso y a mantener la función cognitiva

Es importante recordar que estos rangos son promedios estadísticos y no sentencias rígidas, la genética, el estado hormonal, la presencia de afecciones como apnea, el consumo de fármacos o el estrés crónico pueden modificar la cantidad ideal, el criterio clave es despertar la mayoría de días con sensación de descanso, sin depender de cafeína excesiva ni sufrir somnolencia diurna, si esto no se logra aun respetando las horas sugeridas, conviene consultar a un especialista del sueño para descartar trastornos subyacentes.

Adoptar una rutina consistente, limitar la exposición a pantallas una hora antes de acostarse, mantener la habitación oscura, fresca y silenciosa, moderar los estimulantes y practicar actividad física regular, son estrategias complementarias que facilitan alcanzar el rango de descanso apropiado.

Integrar estos hábitos potencia los beneficios cognitivos, metabólicos y emocionales que solo un sueño suficiente puede ofrecer.

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