TEJIENDO DERECHOS
Redacción: Susana Barrera en colaboración para EN News
Todo trabajo tiene su encanto y su desencanto. En El Salvador existen rubros muy importantes cuyos rostros principales son mujeres que, desde hace décadas, realizan sus labores artesanales desde casa, mucho antes de que se hablara oficialmente del “trabajo desde el hogar”.
Precisamente, nos ocupa ese rubro: ese que, por tradición, las mujeres ejercen desde el seno familiar alternándolos con otros roles asignados.
Antonia es una de ellas. Teje petates y, al hacerlo, perpetúa una tradición ancestral. Vive en la zona rural de Nahuizalco, Sonsonate.
Para ella, trabajar desde casa tiene grandes ventajas: mientras sus manos y pies dan forma al tule, puede cuidar a sus hijos, atender las tareas domésticas y, al cabo de tres días, salir a comercializar el petate terminado.
Petate proviene del náhuatl “petlatl”, que significa estera o tapete tejido con fibras naturales.
Este instrumento ha acompañado por siglos la vida cotidiana de los salvadoreños: sirve para dormir, descansar, sentarse o incluso como elemento ritual en distintas etapas de la vida. Aunque hoy su uso en las camas ha disminuido, el petate sigue siendo símbolo de descanso, sencillez y arraigo cultural.
Mientras tanto, en otros rincones del país, existen también mujeres dedicadas a otro tipo de tejido: las bordadoras a domicilio. Ellas, sin medir el tiempo y desde sus propios espacios, crean delicados bordados que destacan en prendas de vestir infantil, combinando arte, paciencia y amor en cada puntada.
Recién hemos tenido un diálogo con este colectivo y mientras platicamos, sus manos no sueltan hilo y la aguja, están presionadas por el tiempo de entrega y por una supervisión constante.
Mientras tanto, en otros rincones del país, existen también mujeres dedicadas a otro tipo de tejido: las bordadoras a domicilio. Ellas, recogen el modelo del bordado en la fábrica, sin medir el tiempo y desde sus propios espacios, crean delicados diseños que destacan en prendas de vestir infantil, combinando arte, paciencia y amor en cada bordado.

La hermosa pieza, a la que invierten horas y desgaste visual, es pulida con puntadas de panal. Las celdas del diseño se rellenan en tonos pasteles y temáticos; una vez terminada, pasa por un estricto control de calidad. Sin embargo, este trabajo tan meticuloso solo puede ser remunerado entre 1.25 y 3.00 dólares, lo que hace que, al final del mes, su salario no alcance ni los 402.00 que se establece como el mínimo establecido por la ley.
Al igual que las tejedoras de Nahuizalco, combinan su paciente trabajo con la tutoría de sus hijos, la gestión del hogar y, en muchos casos, con el trabajo comunitario u organizacional. Su labor representa no solo una fuente de ingreso, sino también un ejemplo de equilibrio, creatividad y compromiso con la tradición, pero también necesidades que no alcanzan a ser cubiertas.
Pero este esfuerzo también tiene un costo físico inmedible; significa agotamiento para todos los casos; he aquí el desencanto: aunque son trabajos que las honran, no siempre son bien remunerados, carecen de seguro social y rara vez ofrecen aspiraciones a una pensión digna.
En este contexto toma lugar, SITRABORDO, el Sindicato de Trabajadoras de Bordado a Domicilio de El Salvador, que es una organización que lucha por los derechos laborales de mujeres que trabajan desde sus hogares realizando bordados para maquilas y sin un contrato de por medio con sus “empleadores”.
Su principal lucha la han decantado por el empuje de la aprobación del decreto 177 de la Organización Internacional del Trabajo (OIT).
SITRABORDO han emergido como la voz que reclama justicia para estas trabajadoras invisibles. La aprobación del convenio 177 de la OIT podría ser el primer paso hacia una verdadera dignificación de su labor, estableciendo condiciones laborales que les otorguen los derechos que merecen. Sin embargo, hasta ahora, sus esfuerzos han chocado contra la indiferencia legislativa.
Este convenio podría significar para estas mujeres dignificar su trabajo; equiparar derechos laborales como salario mínimo, vacaciones, aguinaldo y horas extras y otros derechos.
Lamentablemente hasta la fecha estas son solicitudes que han caído en el vacío.
Considerando la realidad laboral de estas mujeres, es difícil no reconocer las realidades invisibles que lo acompañan.

Las mujeres que tejen, bordan y crean desde sus hogares no solo perpetúan tradiciones, en el caso de las bordadoras a domicilio contribuyen al, sino que, a menudo, lo hacen a costa de su salud física y emocional, enfrentando una desigualdad estructural que subvalora sus arduos menesteres.

Es fundamental que, como sociedad, reconozcamos el valor de este trabajo y apoyemos iniciativas que busquen garantizar que las mujeres trabajadoras a domicilio no sigan siendo las más olvidadas en la cadena de producción. Porque, al final, el verdadero significado de la tradición y la cultura se construye con justicia, respeto y condiciones laborales que permitan a estas mujeres vivir con dignidad.












Publicar comentario