No te voy a preguntar con quién dormiste anoche
Por: Susana Barrera en colaboración para ENNews
No te voy a preguntar con quién dormiste anoche”.
Es hasta probable que ni siquiera hayas dormido, esperando la luz del día, el rayo de esperanza que recoja tus lágrimas.
Has venido a la iglesia. Y eso es lo que importa.
Este principio, aprendido en una espiritualidad profundamente encarnada, no es indiferencia moral; es una afirmación radical de dignidad. No se trata de desinterés por la vida de las personas, sino de respeto por su conciencia y su proceso. La iglesia no es una aduana de intimidades, es un espacio de encuentro.
Yo no defiendo a homosexuales.
Yo defiendo a personas.
Defiendo personas que tienen derechos humanos. Y toda persona tiene derecho a expresarse. Cuando reducimos a alguien a una categoría, incluso con buenas intenciones, corremos el riesgo de fragmentar su humanidad. No existen “casos”; existen seres humanos creados a imagen de Dios.
Aquí no hablamos de “preferencias” sexuales. Hablamos de expresiones. La palabra preferencia sugiere elección voluntaria, como quien escoge un color o un alimento. Pero nadie decide su orientación como quien elige un traje. Yo no decidí ser heterosexual. Simplemente soy. Del mismo modo, otras personas simplemente son.
Desde un concepto de fe —a veces poco entendible, incluso incómodo— puedo afirmar que la sexualidad es plena y es un don de Dios. Es la capacidad profunda de comunicarnos con otros seres humanos, de vincularnos, de reconocernos, de entregarnos. Así como la fe es un don que nos permite comunicarnos con la divinidad, la sexualidad es un don que nos permite comunicarnos en la humanidad.
Ambas dimensiones —fe y sexualidad— nacen en el misterio del ser.
Durante años, muchas iglesias han practicado la discriminación abierta o sutil. Se han construido jerarquías invisibles: cristianos de primera, segunda y tercera categoría. Se ha excluido por raza, por nacionalidad, por género, por expresión sexual. Se han creado guetos espirituales: iglesias para unos y no para otros.
Pero la iglesia no puede ser un espacio de segregación.
Si es iglesia, debe ser casa común. Tampoco se trata de crear parroquias paralelas que fragmenten el cuerpo creyente: una iglesia “para homosexuales”, otra “para determinados grupos”. La comunidad cristiana no se organiza por etiquetas identitarias, sino por vocación de comunión. La diversidad no es una amenaza; es la manifestación visible de la creación de Dios.
Como anglicanos, no nos movemos principalmente desde la moral entendida como un conjunto de prohibiciones moldeadas por intereses sociales específicos. La moral cambia con las culturas y los contextos. Hoy se prohíbe lo que ayer se permitía, y viceversa.
Nosotros abrazamos la ética.
La ética no parte del miedo ni del control; parte de la dignidad humana. No pregunta primero “¿qué hiciste?”, sino “¿quién eres?”. Y la respuesta es clara: eres hijo, eres hija de Dios. Eso nadie lo puede negar.
Decirle a alguien: “Te acepto, pero deja de ser quién eres” no es evangelio, es violencia espiritual. Si creemos en un Dios creador, debemos creer que su creación no es un error. La pregunta profunda no es si Dios rechaza a alguien, sino cómo nosotros hemos aprendido a rechazar en nombre de Dios.
Crear iglesias inclusivas no es una moda ni una concesión cultural. Es un acto de coherencia teológica. Es reconocer que el amor no puede tener condiciones previas. Es comprender que la comunidad no se construye vigilando la intimidad de las personas, sino abrazando su humanidad.
Ese es el sueño:
Iglesias donde nadie tenga que justificar su existencia. Iglesias donde la fe no sea un instrumento de culpa, sino un camino de liberación. Iglesias donde la ética supere a la moral cuando la moral se convierte en exclusión. Iglesias donde nadie pregunte con quién dormiste anoche, porque lo que importa es que hoy estás aquí.
Y eso basta.





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