DEJAME PARTICIPAR EN TU GUERRA
Por: Susana Barrera en colaboración para ENNews
Actualmente existen entre 40 y 65 conflictos armados basados en estados, alcanzando un récord histórico desde la Segunda Guerra Mundial, según los reportes estadísticos globales de instituciones como el Uppsala Conflict Data Program (UCDP) y la Escuela de Cultura de Paz, y el Comité Internacional de la Cruz Roja se atreve a mencionar 130. Pero ahora, hablemos de otras batallas.
En el mundo existen muchas más guerras y conflictos internos, que oficialmente se reconocen. Las cifras suelen hablar de enfrentamientos armados, disputas territoriales o crisis políticas; sin embargo, existen millones de otros conflictos silenciosos que no aparecen en los informes, pero que también desgarran lentamente el espíritu humano.
Esta fue una de las principales preocupaciones del Obispo Martín Barahona: desde su propia trinchera, acompañar a las personas en el proceso de reconocer, atender y sanar esas heridas de guerra de las que poco se habla, pero que permanecen presentes en la vida cotidiana.
Él comprendía que muchas de las batallas más difíciles no ocurren en los campos de combate, sino dentro de los hogares, alrededor de la mesa familiar, en la intimidad de una habitación, en los espacios de trabajo y en las relaciones humanas. Son heridas invisibles que muchas veces permanecen ocultas, pero que terminan condicionando la manera en que nos relacionamos, amamos, perdonamos y construimos comunidad.
Cada familia carga su propio drama; algunos dolores incluso atraviesan generaciones. Existen familias que se distancian por herencias, por diferencias de pensamiento, por palabras que nunca fueron dichas o por heridas que nadie se atrevió a reconocer. Son historias donde el paso del tiempo no siempre sana, porque aquello que no se nombra, no se comprende y no se enfrenta continúa habitando silenciosamente en la memoria.
También existen conflictos en los ambientes laborales y sociales: espacios donde el protagonismo no se comparte, donde la falta de comunicación genera tensiones, donde pedir algo con respeto se vuelve difícil y donde las diferencias humanas terminan levantando barreras entre las personas.
Pero quizá las guerras más profundas son aquellas que cada ser humano libra consigo mismo: heridas personales, frustraciones íntimas, pérdidas no procesadas, culpas, resentimientos y dolores que no desaparecen por el simple paso del tiempo. Muchas veces esas heridas nunca llegan a sanar porque ni siquiera son reconocidas; permanecen escondidas en lo más profundo y aparecen inesperadamente cuando una palabra, una actitud o una situación despiertan aquello que creíamos superado.
Entonces la susceptibilidad se convierte en un camino de cristal, en un andar permanente sobre cascarones de huevo, donde todo parece frágil y cualquier gesto puede sentirse como una amenaza. Poco a poco la persona se repliega sobre sí misma, esconde su esencia y termina opacando la luz que también habita en ella.
Tal vez las guerras más difíciles de reconocer no son las que ocurren entre naciones, sino aquellas que llevamos dentro de nosotros mismos. Son batallas silenciosas que requieren empatía, escucha, humildad y el valor de mirar nuestras propias heridas para no convertirlas en un dolor que termine lastimando a quienes amamos.
¿Cómo librar estas guerras interiores? Ese fue uno de los grandes desafíos que acompañó permanentemente al Obispo Martín Barahona: ayudar al ser humano a descubrir caminos de reconciliación consigo mismo, haciendo del perdón, de la aceptación y de la confianza en Dios un ejercicio cotidiano de sanación y renovación de la existencia.
Porque muchas veces los verdaderos misiles que destruyen la vida no provienen del exterior, sino de aquello que cargamos silenciosamente dentro: las heridas no reconocidas, las frustraciones acumuladas, la culpa, el resentimiento y los dolores que permanecen sin ser nombrados.
La tarea más difícil consiste en aprender a tomar distancia de la propia herida, mirarla con honestidad y comprender que el dolor vivido no tiene por qué convertirse en una identidad ni en una forma permanente de relacionarnos con el mundo. Sanar implica reconocer aquello que nos lastimó, pero también decidir que esa herida no seguirá gobernando nuestras acciones ni contaminando los espacios que habitamos.
Esas son, quizás, las guerras más peligrosas: las que se libran en el seno de la familia, en los espacios laborales y en la profundidad de la propia existencia. Pero ninguna de ellas podrá transformarse verdaderamente si antes no aprendemos a enfrentar la batalla interior. El verdadero desafío comienza cuando convertimos la mirada hacia nosotros mismos en un acto de compasión; cuando aprendemos a reconciliarnos con nuestra historia, a aceptar nuestras fragilidades y a reconstruirnos con esperanza, para que la paz interior deje de ser un ideal lejano y se convierta en una práctica cotidiana.
Solo quien encuentra reconciliación consigo mismo puede comenzar a sembrar reconciliación en los espacios que habita. Ese fue uno de los testimonios más profundos que dejó el Obispo Martín Barahona: la paz duradera nace en el corazón de quien permite que Dios sane sus heridas.
Y cuando el camino parezca oscurecerse y las guerras interiores parezcan demasiado intensas, recordemos la certeza del salmista: «Aunque camine por cañadas oscuras, nada temo, porque tú vas conmigo.» (Salmo 23,4). Porque quien descubre que el Buen Pastor camina a su lado encuentra la fuerza para transformar sus heridas en esperanza y hacer de su propia vida un camino de reconciliación y de paz.




Publicar comentario