Cómo recuperar la rutina de sueño de los niños en septiembre y por qué acostarles antes no siempre funciona

Por: Equipo de redacción

(ENNews)- Septiembre pone a prueba uno de los cambios más difíciles del comienzo de curso: volver a madrugar cuando el cuerpo todavía no se ha acostumbrado al nuevo horario. Después de semanas de horarios flexibles, noches largas y mañanas sin despertador, recuperar el descanso no se consigue acostando a los niños de golpe a una hora más temprana, sino ayudando a su organismo a adaptarse de forma gradual. ¿Por qué volver a madrugar resulta, año tras año, tan difícil?

La respuesta tiene poco que ver con la falta de voluntad y mucho con la biología. Durante semanas, el cuerpo ha aprendido un ritmo completamente diferente. Las cenas se han retrasado, las noches se han alargado, ha desaparecido el despertador y los días han transcurrido con una flexibilidad que durante el curso resulta impensable. Es una transformación que viven tanto los niños como los adultos y que forma parte de las vacaciones. El problema aparece cuando pretendemos que ese reloj interno vuelva a ajustarse de golpe porque llega septiembre y toca recuperar los horarios escolares.

Uno de los errores más habituales durante los primeros días de curso consiste precisamente en intentar recuperar de golpe los horarios habituales. Muchos padres adelantan dos horas la hora de acostarse con la esperanza de que sus hijos se duerman antes. Sin embargo, cuando el cerebro todavía funciona con el horario del verano, acostarse antes no significa necesariamente dormirse antes. Los niños permanecen despiertos, los adultos se impacientan y una noche que debería transmitir tranquilidad acaba convirtiéndose en una sucesión de recordatorios, negociaciones y enfados. El sueño no responde a las prisas, necesita tiempo para prepararse.

La clave está en acompañar ese reajuste. El reloj biológico no puede pasar del horario de verano al escolar de un día para otro, por eso conviene adelantar poco a poco la hora de acostarse y, sobre todo, la de levantarse. Tan importante como ese cambio gradual es recuperar las rutinas que anuncian al cerebro que el día termina: una cena tranquila, una ducha, el pijama, un cuento o unos minutos de conversación en familia. No existe un ritual perfecto, pero sí una constante: la repetición. Para los niños, esas pequeñas secuencias cotidianas no son simples costumbres, sino señales que les aportan seguridad y ayudan a su organismo a prepararse para dormir y descansar bien

Eso no significa, sin embargo, convertir la rutina en un horario rígido en el que cada minuto esté programado. También necesita cierto margen para adaptarse a los imprevistos y al ritmo de cada familia. La previsibilidad aporta seguridad, pero dejar pequeñas oportunidades de elección puede ayudar a que la vuelta a los horarios no se viva como una imposición.

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